FRAY MARTIN DE PORRES
Nació en Lima en diciembre de 1579. Hijo natural del español Juan de Porres y de la negra panameña Ana Velásquez. Fue bautizado en la iglesia de San Sebastián, en la misma pila y por el mismo párroco que había bautizado a Santa Rosa.
Desde niño dio muestras de fervorosa aplicación a la vida de unión con Dios. Su amor al prójimo lo condujo a ayudar sacrificadamente a todos, aun en las tareas más humildes y enojosas. En 1603 hizo la profesión como hermano lego en la Orden de Predicadores.
Además de las asperezas que él mismo se imponía, Martín tuvo que sufrir, por motivo de su raza, el humillante desprecio de la sociedad colonial. Pero jamás se rebeló contra los desdenes y aun insultos públicos ("perro mulato") que le inferían. Su abnegación,
su modestia y la paz que irradiaba no dejaron de impresionar a sus contemporáneos.
En la enfermería y en la portería del convento del Rosario (Santo Domingo) atendía con acogedora bondad y amor a los pobres, era proverbial en Lima la prontitud con que se a cercaba a los enfermos. Se cuentan de él numerosos prodigios y curaciones.
Falleció el 3 de noviembre de 1639.
Beatificado por Gregorio XVI en 1837. Canonizado por Juan XXIII en 1962. Su devoción y culto están extendidos por todo el mundo. El Gobierno peruano lo declaró Patrono de la Justicia Social.
Su fiesta se celebra el 3 de noviembre.
Perfil histórico San Martín de Porres nace en Lima el 9 de diciembre de 1579, hijo de Juan de Porres, caballero español de la Orden de Calatrava y de Ana Velázquez, negra libre panameña. Juan de Porres marcha a Guayaquil, Ecuador, comisionado por el Virrey Don García Hurtado de Mendoza. Allí reclama a sus dos hijos que salen para Ecuador. Años más tarde, Don Juan Porres es nombrado Gobernador de Panamá por lo que los niños, Martín y Juana, regresan con su madre a Lima; es el año 1590, Martín tiene once años. A los Doce Martín está de aprendiz de peluquero, y asistente dentista. La fama de su santidad corre de boca en boca por la ciudad de Lima.
Conoce a Fray Juan de Lorenzana, famoso dominico como teólogo y hombre de virtudes. Le invita a entrar en el Convento de Nuestra Señora del Rosario.
La legislación de entonces impedía ser religioso por el color y por la raza, por lo que Martín de Porres ingresa como Donado, pero él se entrega a Dios y su vida está presidida por el servicio, la humildad, la obediencia y un amor sin medida.
San Martín tiene un sueño que Dios le desbarata: “Pasar desapercibido y ser el último”. Su anhelo es seguir a Jesús de Nazaret. Se le confía la limpieza de la casa; su escoba será, con la cruz, la gran compañera de su vida.
Sirve y atiende a todos, pero no es de todos comprendido. Un día cortaba el pelo y hacía el cerquillo a un estudiante: éste molesto ante la mejor sonrisa de Fray Martín, no duda en insultarle: ¡Perro mulato! ¡Hipócrita! La respuesta fue una generosa sonrisa.
San Martín lleva dos años en el convento, hace ya seis que no ve a su padre, éste le visita y… después de dialogar con el P. Provincial, éste y el Consejo Conventual deciden que Fray Martín sea hermano cooperador.
El 2 de junio de 1603 se consagra a Dios por su profesión religiosa. El P. Fernando Aragonés testificará: “Se ejercitaba en la caridad día y noche, curando enfermos, dando limosna a españoles, indios y negros, a todos quería, amaba y curaba con singular amor”. La portería del convento es un reguero de soldados humildes, indios, mulatos, y negros; él solía repetir: “No hay gusto mayor que dar a los pobres”.
San Martín de Porres es un amor desbordante y universal. Su hermana Juana disfruta de buena posición social, por lo que, en una finca de ésta, da cobijo a enfermos y pobres. Y en su patio acoge a perros, gatos y ratones.
Los religiosos de la Ciudad Virreinal van de sorpresa en sorpresa. El Superior le prohibe realizar nada extraordinario sin su consentimiento. Un día, cuando regresaba al Convento, un albañil le grita al caer del andamio; el Santo le hace señas y corre a pedir permiso al superior, éste y el interesado quedan cautivados pos su docilidad. Su vida termina en olor de multitudes el 3 de noviembre de 1639.
Semblanza Espiritual
Juan XXIII sentía verdadera devoción por San Martín de Porres, una pequeña imagen de marfil preside la mesa de su despacho y él mismo lo canoniza el 6 de mayo de 1962.
San Martín ve confirmado en su persona el Evangelio: “El que se humilla será ensalzado”. Este hombre que sintonizaba con la oscuridad de su piel y que disfrutaba en Dios al verse humillado y postergado, pasados los siglos será un Santo que centre en su persona los dos continentes: Europa y América, San Martín es querido por todos, invocado por ricos y pobres, enfermos y menesterosos, por hombres de ciencia y por ignorantes. Su imagen o su estampa va en los viajes, está en las casas y en los hospitales, en los libros de rezo y en los de estudio. Todo porque fue humilde, obediente, y, como dijera Juan XXIII, “Es Martín de la Caridad”. A nadie extraña que sea Patrono de los Hermanos Cooperadores Dominicos, del Gremio de los Peluqueros, de la Limpieza Pública, Farmacéuticos y Enfermeros. Una Congregación sudafricana le tiene por abogado: Son las Hermanas Dominicas de San Martín de Porres y muchos más. Todos ellos se gozan de que “Fray Escoba” sea su patrono y su ejemplo.
Oración por los Hispanos
San Martín de Porres, tú que hablas español como nosotros; tu color, tu pobreza, tu hogar podrían haberte deprimido en aquella sociedad.
Pero la dignidad de hijo de Dios por tu fe bautismal en la Iglesia Católica te elevó por encima de aquella nobleza de la Ciudad de los Reyes.
Haz que los Hispanos en América, en la del Norte especialmente, estén conscientes de su propia dignidad. Se preparen en las escuelas, consigan títulos de trabajo, tengan afán de superación hasta llegar ellos o sus descendientes a ser dirigentes en esta sociedad.
Que todos: en el hogar, en el trabajo, en la calle y en todo lugar tengan sentido de responsabilidad. Como tú, glorioso Martín de Porres, lograste ser responsable tanto de seglar como luego de fraile.
Que descubran y fomenten la grandeza de su Fe, católica como la tuya, fuente de fortaleza en esperanza. Muchos son "de color" como tú. Ni drogas, ni abandono, ni desprecios, ni robos, ni abusos sexuales sean sus caminos, que llevan a la esclavitud.
Marín glorioso, tú cantas victoria en el Cielo. Que te miren todos los que buscan la liberación aquí en este suelo. Enséñanos el camino de la auténtica personalidad. Amén.
Señor tu condujiste a San Martín a la gloria eterna por medio de su humildad. Ayúdanos, te rogamos, a seguir el ejemplo de santidad y poder ser dignos de ser exaltados junto con él en el Cielo. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
MEDITACIÓN
" Martín, el bueno" o " Martín, el caritativo" le llamaba la gente de Lima donde el morenito o "mulato" Martín fue tan querido en los años 1600 a 1636. Desde el año 1962 todos le llamamos San Martín de Porres, porque el Papa Juan XXIII le canonizo.
Martín nació en Lima, capital de Perú, el 9 de Diciembre de 1579. Su padre, Juan de Porres, español de Burgos, era Gobernador de Panamá. Ana Velázquez se llamaba la madre que, por su gentileza, había obtenido la libertad. Era medio negra y medio india. Del noble español, Gobernador de Panamá, y de la "negrita" Ana nació otra niña dos años después, pero las diferencias raciales y rango social hicieron que Martín figurase en el Fe de Bautismo como "hijo de padre desconocido". Sus padres no eran casados.
Pronto quedaron solos en Lima el niño Martín con su mamá y la hermanita. Su padre tenia que ocuparse de Guayaquil, el puerto del mar en el Ecuador. Martín crecía muy piadoso y compasivo compartiendo con otros niños lo que su madre "abandonada" le podía dar.
Cuando el niño tenia ocho años se presentó en Lima a su padre y encantado con su negrito se lo llevo a Guayaquil, donde le busco maestro particular para educarle a su lado. Esto duró solo dos años. De nuevo en Lima, en un barrio pobre con los "de color", bajo el cuidado de su madre crecía con Juanita, su hermana.
Ana Velázquez, como buena madre, se preocupo por que su hijo supiera ganarse la vida. Le coloco al servicio del barbero-dentista D. Manuel Rivero en Lima. Martín era feliz. Aprendió el oficio y gozaba sirviendo como barbero-enfermero. Había encontrado su vocación de amar a Dios sirviendo a los demás. Ya ganaba plata: mitad para su madre y mitad para obras de caridad. De egoísta no tenía nada.
Su ideal era ser santo: como el Obispo de Lima, San Toribio de Mogrovejo: como San Juan Masías, hermano lego en los dominicos: como San Francisco Solano aquel gran misionero franciscano; como Santa Rosa de Lima, bautizada en la misma iglesia que Martín cinco años antes que él. Estos cuatro santos vivían en la misma ciudad y al mismo tiempo que Martín.
El jovencito barbero-enfermero era feliz: ayudaba en Misa todos los días antes de ir al trabajo y pasaba largos ratos de oración al anochecer, oculto, en su propia habitación. Servir a Dios, servir a los demás, olvido de si mismo. Así Martín desarrollaba su personalidad. Ya tiene 16 años. Su madre puede vivir sin él.
Martín se dirigió a los Dominicos. Quiere vivir en el Convento del Santo Rosario. Pero como el ultimo de todos. No pretende ser como los Padres, ni aun siquiera como Hermano. Sencillamente como "Donado", un criadito sin paga. Don Juan de Porres, el noble castellano y Gobernador de Panamá, no podía tolerar que su hijo entrara en el convento para oficio tan humilde. "Un hijo mío, si es fraile, tendrá que ser como el más alto de los Padres".
No era ese el parecer de Martín: ‘Un hijo de Dios llega a grande siendo el ultimo entre los frailes". Martín entró de "Donado", como sirviente. Ni siquiera como Hermano; mucho menos como Padre. Su virtud era tan notable que, nueve años después, a petición del Superior y por obediencia, profesaba como Hermano y vistió el hábito de fraile.
Martín crecía para Dios y para los demás: oración, largos silencios a solas con Dios; éxtasis milagrosos que Dios multiplicaba por él, hasta resucitar algún muerto. Martín era el limosnero del convento y de la ciudad. Los ricos todos le dan, porque saben que Martín lo multiplicaba para los pobres: comida, ropa, monedas, la fundación del centro para los niños huérfanos… Discretamente llegaba hasta las familias "vergonzantes", que no tenían valor para pedir como pobres.
Penitencia. Mucha penitencia para si mismo, a solas; especialmente en la Cuaresma y Semana Santa. Parecía un hombre de tres corazones: de fuego para Dios por su fervor; de carne por su compasión y ayuda a los demás; de acero por el rigor y dominio de sí mismo.
Inocencia de Dios, recobrada como aquella de San Francisco de Asís: todas las criaturas son buenas, todos los hombres son hermanos. Por eso Martín decía una vez a un ratoncito que pillo en el ropero de la sacristía: "Hermano ratón. No sé si eres tu culpable del daño causado en la sacristía a los guardarropas. Pero hoy mismo tu y tus amigos van a salir del monasterio para no volver".
Martín "el bueno", sin embargo, tenia que luchar todos los días consigo mismo y contra el diablo. Por mantenerse en humildad llego a ofrecerse en venta como esclavo: "Padre Prior, no dude: véndame y pague sus deudas". Cuando las pasiones de orgullo, injuria y avaricia ya estaba perfectamente subyugadas, Dios ofreció a Martín otro campo de batalla: mano a mano con el diablo. Como el Santo Cura de Ars siglos después Martín era intimidado y golpeado por el diablo. Le oían decir en la celda: ‘ ¿A que has venido?" Esta no es tu habitación. Vete inmediatamente". El maestro de Novicios, Padre Andrés, dijo una vez: "Este mulato va a ser santo. De noche libra fuertes batallas con el diablo".
Al venir el otoño, Martín sufría de paludismo todos los años. El día 3 de Noviembre de 1639 decía al Hermano Antonio: "No llores, Hermano, quizás en el Cielo sea mas útil que aquí". Pidió los Sacramentos, miro en derredor, pidió perdón a todos. Los monjes cantaban la Salve y el Credo. Entonces Martín expiró: 3 de Noviembre de 1639 por la mañana.
El Papa Juan XXIII lo canonizó el día 6 de Mayo de 1692. Con tan solemne ocasión escribió: "Martín excusaba las faltas de otro. Perdonó las más amargas injurias, convencido de que el merecía mayores castigos por sus pecados. Procuró de todo corazón animar a los acomplejados por las propias culpas, confortó a los enfermos, proveía de ropas, alimentos y medicinas a los pobres, ayudo a campesinos, a negros y mulatos tenidos entonces como esclavos. La gente le llama ‘Martín, el bueno’."
La Palabra de Dios
" El Rey responderá: " En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, que son más hermanos, lo hicieron conmigo."_ Mt 25,40
"El que dice "yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve?"_ 1Jn 4,20
"Fíjense cómo ahora llamamos felices a los que fueron pacientes" _ Stgo 5,11
Oraciones
Oración propia de la Novena
Glorioso San Martín de Porres, desde tu infancia hasta la muerte supiste equilibrar admirablemente la dignidad de hijo de Dios con la humildad de tu nacimiento y menosprecios raciales. Procediste como el último de todos, sirviendo abnegadamente. Siempre gozoso por estar consciente de que Dios es nuestro Padre; te sentías hijo amado de El.
Ya vez lo mucho que yo necesito de tu ejemplo y de tu intercesión para lograr mi personalidad de cristiano: con títulos humanos y humildad de cristianos. Alcánzame la gracia de seguir tu ejemplo, de prepararme muy bien en un oficio o título profesional con que yo pueda desarrollar mis talentos siendo útil a la sociedad y en especial a mi familia.
Martín el bueno te llamaban todos porque no guardabas complejo negativo por el color de tu piel ofendida. Ni te entregaste al placer o a los juegos para ahogar las penas; ni siquiera guardabas rencor a tu padre porque no vivía en el hogar. Con abundancia de bien tú respondiste cuando te rodeaba tanto mal. Haz que yo y el orgullo herido de tantas personas hoy en la sociedad reaccionemos como tú, paciente, amable, devolviendo bien por mal.
Por tu medio quiso Dios dar pruebas de su bondad hasta hacer milagros en bien de los demás. Por eso te pido con humildad y confianza me obtengas la gracia particular de esta novena (mencione el favor que desea)
Agradezco de antemano tu gloriosa intercesión en mi favor. Reconozco que Dios ha mostrado especial complacencia en ti y que por tu humildad amable nos acerquemos a su Grandeza Adorable. Bendíceme, bendice a mi familia, ven en ayuda nuestra como lo hacías con tu madre, con tu hermanita y con los más necesitados de Lima.
Ya glorioso, junto a Dios, me estás invitando a luchar contra el mal, como lo hiciste personalmente contra el Malo. Obtenme la fortaleza necesaria para superar mi debilidad: orgullo, codicia, sexualidad. Con tu ayuda llegue también yo a la victoria.
HOMILIA
SAN MARTIN DE PORRES
Para ser santo, es preciso ser humano; para ser humano, es indispensable ser sensible y tierno. Y, precisamente, en su ternura hacia todos los pobres y su sensibilidad frente al sufrimiento de los más débiles, se radica la innegable atractividad de la santidad de Martín de Porres.
Hablar de la vida de Fray Martín es hablar del evangelio, ya no en el abstracto sino viviente y puesto en práctica; es ponernos frente a frente a la escenificación histórica de las Bienaventuranzas pronunciadas por Jesús; es descubrir el mandamiento del amor a Dios y al prójimo encarnado en una forma extraordinaria.
La historia del mulato querido de Lima no deja de fascinarnos porque, en cierto sentido, contradice todo lo que la sociedad de aquel entones, y la nuestra hasta el día de hoy, juzgan como signos del valor social de una persona: buena apariencia, buen apellido y buena posición social y económica. Este hombre, a quien rendimos homenaje hoy y a quien elevamos nuestras plegarias, nació con todas las desventajas sociales imaginables en aquella época: hijo ilegítimo de un hidalgo español, Juan de Porras, y su concubina negra, Ana Velásquez. Los prejuicios que producen la discriminación racial y social fueron tan fuertes, o más, en la Lima de 1579, que son actualmente, aunque ciertamente persisten. Pero es este hombre, vergüenza de su padre y privado del amor materno desde una edad muy tierna, que supo responder al amor divino y poner en práctica plenamente la Palabra de Dios. ?
Desde temprano edad, descubrió y vivió los valores del Reino, anunciados por Cristo en el Sermón de la Monataña, que parten de la confianza incuestionable en Dios. y buscan su fin solamente en Él, a través de la práctica del amor a los demás.
Reflexionar sobre la vida de Fray Martín, entonces, nos cuestiona profundamente, porque en ella, encontramos en forma viva y dinámica los valores que nuestro mundo ha perdido y que, nosotros, los cristianos, en toda época, tenemos que manifiestar para que el evangelio no pierda su credibilidad. Somos, como el, hombres y mujeres del mundo, llamados a ser hombres y mujeres de Dios, sin dejar de ser plenamente humanos; como el, hemos sido amados intensamente por Dios para poder amar intensamente a todos nuestros hermanos; como el, hemos sido llamados a ser santos.
Desde los 8 hasta los 15 años, el niño mulato, separado de su madre y de su hermanita, Juana, fue encargado en la casa de una mujer que, nos dicen los historiadores, fue "honesta y muy cristiana", Doña Isabel García. Allí, en esta casa al borde del Río Rimac, en el barrio de Malambo, aprendió a amar a los pobres y marginados. Este fue el barrio de los negros que esperaban ser vendidos como escalvos, de los indios y mestizos, de los españoles pobres; en fin, el barrio de los que vivían al margen de la sociedad colonial. Fue allí que el niño Martín sentía el rechazo de los hombres y aprendió a poner su confianza solamente en Dios.
Este niño, que de día trabajaba como aprendíz, primero de boticario y después de barbero, pasaba la noche en oración ferviente antes de la imagen del Señor crucificado, como consta en el testimonio de su canonización. Y fue en esa misma época que recibió el Sacramento de fortaleza y militancia cristiana, la Confirmación, por la imposición de las manos del santo varón, Toribio de Mogravejo, Arzobispo de Lima.
Una vez más, se comprueba la predilección de Dios para los pobres y, no cabe duda, que no había nadie más pobre que Martín de Porres: el era, por excelencia, uno de los pequeños del Señor. A los 15 años, se presentó al Convento de los dominicos, animado, sin duda, por haber escuchado diariamente, no solamente las campanas sonoras del templo del Santísimo Rosario, sino también las voces de los frailes en su rezo nocturno de maitines, que fácilmente llegaban a sus oídos en su cama al otro lado del Rimac. Fue así que descubrió que su condición de ser ilegítimo le excluyó de la posibilidad de ser "fraile de misa", o sacerdote, y el hecho de ser mulato - hijo de español y negra - determinó que ni siquiera podía ser hermano cooperador. Frente a este hecho, "se donó" al convento y entró a la vida religiosa como "donado", el último de los últimos. Desde el principio de su vida hasta el final de ella, Martín fue un ejemplo encarnado de aquella bienaventuranza anunciada por Cristo para todos los últimos de esta tierra, que aprenden a poner su confianza en Dios: Bienaventurados los pobres del espíritu, porque de ellos es el Reino de Dios.
Martín entró en la Orden de Predicadores y verdaderamente, predicó el evangelio, no con palabras desde un púlpito sino con la práctica diaria de las enseñanzas de Jesús. Acceptó su situación social, no con la resignación de los débiles de carácter sino con la fortaleza de los mansos de corazón. Frente a los prejuicios raciales y palabras hirientes de sus hermanos, Martín mantuvo un silencio respetuoso. El eco de la bienaventuranza que promete la herencia de la tierra prometida a los mansos y humildes de corazón suena en nuestros oídos al recordar las palabras de agradecimiento pronunciadas por el modesto donado del convento cuando fue humillado y mortificado por su superior: «Ahora conozco el buen celo de su Paternidad, del mucho amor que me tiene, pues trata a este perro mulato como merece». ¿Quién puede dudar que en estas oportunidades, recordaba las palabras de Jesús mismo: «Aprenden de mí que soy paciente de corazón y humilde».
Fray Martín, a toda apariencia, fue siempre alegre y nunca se le vió alterado. Sin embargo, su amor para los pobres fue tal que se dolía y se entristecía cuando alguno llegaba y no tenía que darle. Prefería quedarse sin nada él mismo antes de ver a un pobre hambriento salir de la dispensa sin comer. Y justamente esta es la tristeza de que nos habla la bienaventuranza y que merecerá el consuelo divino. Si Martín se afligía, no fue por lo le hiciera a él sino porque no quería ver a nadie más sufriendo.
Los cronistas nos cuentan que el vivía «siempre con una sed insaciable de obrar mucho en el servicio de Dios». Abundan los testimonios de sus contemporaneros que nos dicen que fue conocido como el «hombre santo» y « santo y justo y amigo de Dios». Y esto es exactamente el sentido de la bienaventuranza que nos dice: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Martín fue ardiente en su deseo de cumplir con Dios y con su prójimo; fue celoso en su afán de despertar el amor de Dios en todos con quien venía en contacto. Cumplir la voluntad de Dios es la fuente de toda justificación. Era, como San José, un hombre justo, un santo varón.
Sin duda, nuestro santo es más conocido por sus obras de misericordia: atento a los pobres, cuidando a los enfermos, aconsejando a todos que lo buscaban. Como Jesús, vió que la gente andaba somo si no tuvieron pastor, hambriento de pan y de Dios, y tenía compasión de ellos. Sufría con todos y cada uno de aquellos que padecía debido a su indigencia o su situación social y respondió a cada situación, imitando a Dios mismo quien es rico en misericordia, como cantamos tantas veces en los salmos.
Decir que alguien es "limpio de corazón" es decir que tiene un corazón sin doblez, que es totalmente transparente; en otras palabras, que vive lo que cree, que hay coherencia entre fe y vida, como han dicho nuestros Obispos en la Conferencia episcopal de Santo Domingo. La sencillez y honestidad de Martín fue evidente a todos los que lo conocieron. No hacía las cosas para impresionar a nadie, ni sus actos de caridad, ni su oración intensa, ni el cumplimiento de las observancias conventuales; cumplía porque se había comprometido en sus votos a ser fiel a la voluntad de Dios. No tenía segundas intenciones ni agenda secreta. Tenía el corazón puro y las manos limpias. De el, como de Nataniel, Jesús podría decir: «Ahí viene un verdadero Israelita de corazón sencillo».
Que también fue pacificador, como nos dicen en las bienaventuranzas, es relatado en forma clásica por la anécdota del perro, gato y pericote, enemigos naturales, comiendo del mismo plato. Pero decir que fue pacífico no es lo mismo que decir que fue pasivo, especialmente en su lucha contra el mal, que es el pecado y la injusticia en el trato de los indefensos. Defendía a los escalvos que lo tenían como a un padre. Sin perder su acostumbrada calma, insistía que los frailes respetaran a los pocos derechos de esos maltratados.?
Por ser mulato, por ser ilegítimo, por ser un simple donado al convento, Fray Martín sufrió los insultos e injurias de sus hermanos. Efectivamente, no fue perseguido por su fe en Cristo por herejes o no creyentes pero sufrió una especie de martirio debido a las discriminaciones irracionales de la sociedad limeña de esa época. Y no cabe duda que estaba siempre predispuesto a dar su vida para mantener su fidelidad a Cristo. Se ofreció, inclusive, para las misiones de Japón donde, sabemos, en esos tiempos, muchos misioneros fueron martirizados por la fe. Las palabras del último de las bienaventruanzas - Bienaventurados serán cuando los injurien y los persigan y digan todo mal contra uds. por mi causa - reflejan la realidad de la vida diaria de uno que fue despreciado por los hombres por el color de su piel pero muy apreciado por Dios y los pobres.
Muchos de nosotros, sin duda, nos acercamos al santo moreno en forma muy interesada: queremos que nos haga un milagro. Pocos son los que se acercan para aprender de él como vivir radicalmente su vida cristiana. Martín no es un santo porque hace milagros; es santo porque supo amar a Dios y su prójimo en el espíritu de las bienaventuranzas, proclamadas por Jesús como criterio máximo de vida para los que quieren ser sus discípulos. Por eso decimos que su vida era una auténtica escenificación del evangelio.
Ser santo es difícil, pero no imposible. Se trata de buscar y encontrar, de tocar la puerta y pedir, de esperar y obtener. Se trata de ser verdaderamente humano - tierno con los pobres y sensible a su sufrimiento. A fin y al cabo, este es el criterio que Jesús ha dado para juzgarnos cuando nos toca rendir cuentas de nuestras vidas: «¡Vengan los bendecidos por mi Padre! Tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y uds. me alimentaron, tuve sed y uds. me dieron de beber; Pasé como forastero y uds. me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estaba enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver» ¿Cuándo Señor hemos hecho todo esto? "Cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron conmigo."?
Al recordar, hoy día, al santo peruano, venerado en el mundo entero, a la luz de las bienaventuranzas, no podemos olvidar las palabras de Su Santidad, Juan XXIII, pronunciadas en la ceremonia de la canonización hace 32 años: «Martín nos demuestra con el ejemplo de su vida, que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseño Cristo Jesús ... Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y felicidad que se encuentra en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos.»
Honramos a Martín de Porres Velásquez, triplemente marginado por el mundo pero singularmente bendito por Dios. No nació santo pero terminó siéndolo. El amor al pobre fue el instrumento que utilizaba para llegar a su meta - a la unión con Dios. Como Jesús, pasó por el mundo haciendo el bien. Su entrega a los necesitados y marginados es una prueba viviente de la presencia del Dios de amor presente en nuestra historia; la Iglesia, por esto, lo ha proclamado Patrón de la Justicia Social. Nos sentimos seguros que este santo peruano no olvida en sus plegarias, ante el trono del Señor, el sufrimiento de su pueblo. Y, ojalá, que al pedir nuestro milagro de Martincito, nosotros tampoco olvidemos a los que sufren.

